sábado, 25 de mayo de 2013

CLAUDIO, TíO DE HAMLET




Los personajes secundarios de Shakespeare han dado grandes historias al teatro, como la que imaginó Tom Stoppard en su Rosencrantz y Guildenstern han muerto. La que propone la compañía Rajatabla Teatro en Claudio, tío de Hamlet, entra en el terreno de la hipótesis especulativa para adentrarse en las motivaciones de Claudio, el hermano fatricida del rey Hamlet.

El principal atractivo del montaje reside en mostrar una parte de la historia  que Shakespeare elude enseñarnos. Lo que se pretende es entrar en la mente y en el corazón de Claudio, que aquí se nos presenta como un estadista, un regente que custodia el reino de Dinamarca, ante un príncipe poco interesado en gobernar. Este retrasa constantemente la venganza prometida al espectro de su padre porque sospecha que Claudio tiene razón y porque hay motivos suficientes como para pensar que es mejor otro rey que el rey Hamlet.

Claudio, tio de Hamlet nos muestra la otra cara de la familia, valiéndose para ello de una serie de intervenciones dramatúrgicas, que comienzan con la resurrección del bufón Yorick para vertebrar la narración. Entre las misiones que se le asignan al bufón jorobado destaca la de actuar como conciencia de Claudio, apareciéndose ante él en sus momentos de duda, pues en esta versión Claudio adquiere un tinte humano; un carácter que duda, que se justifica, que reclama ser escuchado en sus motivaciones.

Asistimos, por tanto, a la autodefensa de Claudio, al que Shakespeare condena. Desde esta perspectiva la obra reflexiona sobre la voluntad, el poder y los límites del individuo. Sin embargo quien no conozca el Hamlet original podrá hacerse una idea muy clara de la fábula que cuenta, pues la dramaturgia realizada por Ozkar Galán y Antonio Guijosa no renuncia a presentar, mediante diálogos bien trenzados, las situaciones decisivas que afectan a los personajes principales del texto canónico.

Además de las brillantes interpretaciones, en Claudio, tío de Hamlet merece una mención especial la sencilla y muy efectiva escenografía, que resuelve situaciones complejas con una belleza notable. 

Ofelia, abatida por la sinrazón del príncipe, decide poner fin a su vida, y a la vida de la criatura que lleva dentro, dejándose llevar por el río. Un cristal en el suelo, una luz filtrada y un gesto de las manos de la actriz mientras se despide de la vida, conmueve al espectador hasta la lágrima.

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