Difícil dilema el del autor condenado a ejercer la crítica, siquiera por un rato. Como pone de relieve el artículo de Echegaray, el creador se ve comprometido, por un lado, a opinar sobre aquel que suele dedicarse, justamente, a emitir juicios sobre su obra. Por otro lado, se siente halagado por haber sido tenido en cuenta para tal empresa. Y debatiéndose en cualquier caso entre la venganza y la complacencia.
La crítica y la creación artística constituyen dedicaciones profundamente distintas, aunque en la práctica muchas veces desarrolladas por un mismo individuo a lo largo de su vida. En teoría, por tanto, perfectamente compatibles; en teoría. En la práctica parece complicado, al menos, poder llevar a cabo ambas al mismo tiempo.
La creación artística, como todo acto de desnudamiento, vuelve vulnerable al creador ante el mundo que contempla su obra. Tanto más, cuanto mayor sea la honestidad de esta. En ese sentido, como ya hemos comentado en otros artículos, la crítica debería ser especialmente cuidadosa en vigilar su propio carácter constructivo y edificante.
No es extraño que ante el dilema del creador de ser 'crítico por un día' ese conflicto entre la venganza y la benevolencia conduzca a un enmudecimiento como resultado. Esto es justamente lo que se observa en el artículo de Echegaray, que se escuda en un elogio de Clarín, más basado en la amistad y el respeto que en criterios concernientes al propio texto que prologa.
No es extraño, pero sin embargo tal vez sí innecesario.
Blog de la asignatura de Crítica Teatral impartida por el Profesor Juan Antonio Vizcaíno
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martes, 22 de enero de 2013
lunes, 10 de diciembre de 2012
¿Está la crítica en fase crítica?
La palabra 'crisis' se ha convertido en los últimos años en una de las más utilizadas, no solo con un sentido económico. A la conciencia finisecular y también de final del milenio se sumaron pronto los primeros coletazos de una situación de recesión global económica, política y social.
En semejante panorama no resulta nada extraño plantearnos una supuesta crisis de aquello que debería hacer entrar en crisis al resto: la crítica. Claro está que cuando aquí hablamos de 'hacer entrar en crisis' no estamos haciendo uso de ese término al modo peyorativo y en el fondo conservador en que suele hacerse. La crítica debería provocar crisis porque su labor es justamente cuestionar, tensionar límites; y, en ese sentido, desestabilizar dogmas.
Así pues, ¿está en crisis la crítica? Si la crisis se entiende como sinónimo de cataclismo, quizá sea bueno añadir que la multiplicación de esferas de opinión no significa falta de calidad o fiabilidad del sentido crítico; en líneas generales, pensamos que no es así. Cuanto más, mejor.
Pero en un sentido más positivo, sería bueno afirmar que sí, que ojalá la crítica teatral (y del tipo que sea), especialmente si eso es estímulo de cuestionamiento y mejora, esté en crisis permanente. De acuerdo a los tiempos que corren. Necesitamos aplicar un sentido crítico al mundo -también al mundo del teatro- con el fin de desestabilizarlo. Solo así podremos después reconstruirlo.
En semejante panorama no resulta nada extraño plantearnos una supuesta crisis de aquello que debería hacer entrar en crisis al resto: la crítica. Claro está que cuando aquí hablamos de 'hacer entrar en crisis' no estamos haciendo uso de ese término al modo peyorativo y en el fondo conservador en que suele hacerse. La crítica debería provocar crisis porque su labor es justamente cuestionar, tensionar límites; y, en ese sentido, desestabilizar dogmas.
Así pues, ¿está en crisis la crítica? Si la crisis se entiende como sinónimo de cataclismo, quizá sea bueno añadir que la multiplicación de esferas de opinión no significa falta de calidad o fiabilidad del sentido crítico; en líneas generales, pensamos que no es así. Cuanto más, mejor.
Pero en un sentido más positivo, sería bueno afirmar que sí, que ojalá la crítica teatral (y del tipo que sea), especialmente si eso es estímulo de cuestionamiento y mejora, esté en crisis permanente. De acuerdo a los tiempos que corren. Necesitamos aplicar un sentido crítico al mundo -también al mundo del teatro- con el fin de desestabilizarlo. Solo así podremos después reconstruirlo.
domingo, 9 de diciembre de 2012
En busca del público
La autoría de una obra literario dramática es un correlato de la respiración de quien la
escribe. Uno escribe como respira. Y uno siente que al escribir y respirar sobre la base
de una emoción estética está creando algo nuevo y transformador y por lo tanto es capaz
de conectar. Cada autor, cada autora brega entre el sufrimiento y la alegría para llenar su
universo de contenido. En el caso de que esta amalgama de sentimientos consiga hallar
el camino del público, la intuición poética del autor llegará traducida, interpretada por
otras personas que en un acto de hospitalidad, y por lo tanto de amor, la colocarán en
pliegos de papel encuadernados o la elevaran sobre las tablas de un escenario. O quizás
suceda todo lo contrario,
Y es que conocer al público del teatro tiene que ver con el conocimiento de los
espacios teatrales de la ciudad en la que uno desarrolla su actividad, en este caso,
Madrid. Especialmente a los programadores de las salas, aquellos que deciden qué
obra encajará en la próxima temporada teatral, pues ellos y ellas, supuestamente, sí
conocen a su público. Que el Centro Dramático Nacional, el Matadero, el Español, el
Teatro de la Abadía, o las empresas Focus o Smedia, elijan determinados proyectos
para su representación pública, está íntimamente relacionado con las líneas editoriales
diseñadas para los teatros que gestionan. Sus decisiones a lo largo de los años han ido
configurando al público de sus teatros, aquel que pagará su entrada por ver lo más
moderno, lo más clásico, lo más comercial... de la amplísima oferta que autores y
compañías les ofrecen.
Desconozco en absoluto cuál sería mí público, el público con el que yo podría llegar
a comunicarme mediante un artefacto escrito o representado. Al margen del reducido
número de personas que me conocen, no sé nada de este público, mi público potencial,
quienes mirarían en vivo una función con un texto firmado por mí. No sé nada tampoco
de aquellos que lo leerían, ni siquiera del que asistiría en diferido desde su casa a
una posible grabación del espectáculo, en una de las múltiples ventanas disponibles
en internet. Que una obra llegue a conectar con un número más o menos amplio de
espectadores tiene que ver, la mayoría de las veces, con una sucesión encadenada
de felices casualidades, sobre las cuales el talento artístico del autor nunca gobierna.
Hay otra clase de habilidad, que también es una clase de talento, que facilita mucho
las aspiraciones de comunicación pública de una obra: la capacidad del artista para
relacionarse con su entorno social y promocionarse.
Después de pensar durante unos minutos en cómo avanzar en este ejercicio de homenaje
a Larra, la idea me sigue inquietando bruscamente: ¿cuál será mi público? Me decido
a pasear, como Larra, por Madrid, buscando a las personas idóneas para ser público de
teatro, pero no de cualquier teatro, sino de mi teatro. Redacto en mi memoria algunas
frases: amiga, ¿a usted le gusta que el teatro le provoque emociones?; ¿le ayude a
vivir?; ¿le ponga en contacto con ritos ancestrales?...¿No?. Usted quizás sea muy
exigente, pero si le hablo de la traición, de la culpa, del amor y de la muerte, quizás...
Reviso los argumentos teatrales que en este momento estoy trabajando, asumo la
dificultad de la tarea y bajo a la plaza de Lavapiés. Me sitúo frente a la cola que se
forma para entrar en el teatro Valle-Inclán, decidido a emplear mi razonamiento del
párrafo anterior. A priori, y para animarme, autogenero la siguiente sensación: la mayor
parte de la gente que aguarda para ver Lucido de Rafael Splegerbud, también podría ser
público de una obra mía: la del trasterrado, la de la joven africana, la de los comediantes
pícaros, la de la mujer oculta detrás de la máscara... Siento pudor, pero abordo a una
señora de cuarenta años que está sola. Se produce el siguiente diálogo:
YO.- Señora, perdone, me permite una pregunta ¿a usted le gustaría asistir como
público a una obra de teatro en la que un joven mata a su padre, se convierte en rey,
tiene cuatro hijos con su propia madre, y luego cuando se entera se saca los ojos?
LA SEÑORA.- No se haga usted el listo. Conozco a Edipo. Yo he leído a los clásicos y
he asistido a muchas representaciones teatrales.
YO.- Ya, ¿y si yo le dijera que mi versión es una ópera rock ambientada en China?
LA SEÑORA.- Anticuado...
YO.- Y si no hubiera palabras y todo se trasmitiera con gestos...
LA SEÑORA.- Soy filóloga.
YO.- Ya. ¿y si hubiera un mensaje actual político y social? ¿El 15-M? ¿la crisis?
LA SEÑORA.- Habría que hilar muy fino. Explíquese mejor...
YO.- No importa, no se preocupe, ya veo que usted es de las mías...
Repito las preguntas, con algunas variantes en las que poco a poco voy incluyendo
mis propios temas, a varias personas que me encuentro en el trayecto entre la Plaza
de Lavapiés y el Nuevo Teatro Fronterizo, un espacio teatral en el que trabajo por
las tardes peinando clásicos. En principio todas ellas contestan con cierto grado de
compromiso a mis preguntas, es decir que todas ellas irían a ver alguna de mis obras,
sobre todo si fuera gratis. Me alegro con una alegría engañosa, soy consciente de
ello, porque en el fondo pienso que para el actual madrileño y madrileña medios, o
sea medio-bajos en estos tiempos, gastar quince o veinte euros en una obra de teatro
puede dejarles sin ese libro que necesitan, esas cañitas con los amigos tan agradables,
esa compra en el Carrefour para una semana o el pantalón de chandal que necesita
el pequeño. La conciencia de clase me dice que tal y como está la sociedad, el teatro
es un lujo burgués al alcance de pocos y que debo ser consecuente con el tiempo que
vivo. Pero el corazón del artista me dice que el teatro es una herramienta para aprender
a vivir, tanto para el que lo hace como para quien asiste a las funciones. Que es tan
necesario como el libro, la comida, la caña o el chandal. Por eso me atrevo a decirme
que el público de una obra que yo escriba puede ser todo el que llegué a oír hablar de mí
y de ella. Que hay que mantener la vocación por muy duros que sean los tiempos. Que
lo importante es respirar.
martes, 27 de noviembre de 2012
¿Qué público?
En nuestros universos europeos vivimos rodeados y rodeadas
de tecnología. En concreto, las tecnologías de la información y la comunicación
han provocado una sobrecarga en la cantidad de estímulos que recibimos
diariamente. Apenas quedan hogares donde no exista una televisión; y cuando
esto es así, sucede más a menudo por una decisión consciente y voluntaria que
por falta de recursos. Internet ha visto su uso generalizado en los últimos
años casi como si se tratara de un bien de primera necesidad. Es tanta su
influencia que el cine, la música o incluso los libros –dicen- pierden usuarios
por su culpa.
¿Qué ha ocurrido? El concepto de público está cambiando.
El público ya no es esa instancia colectiva que se reúne en un lugar común para
compartir un espectáculo. O al menos ya no es necesariamente eso. Existen
tantos tipos de público como de obras de arte. Existen públicos singulares,
anónimos, que carecen de un sentido de lo colectivo. Existen individuos
disfrutando en soledad que no saben que, en sentido estricto, conforman un
público. Y la gran pregunta es: ¿lo forman?
¿Y el teatro? Tradicionalmente hemos dividido al público
teatral en dos sectores distintos: el que consume teatro comercial (y la
palabra “consume” es aquí clave), y el que acude a las llamadas ‘salas
alternativas’ (apelativo el de ‘alternativas’ que también abarcaría cosas muy
dispares). Pero dentro de estos dos tipos existen otras distinciones que recorren
a ambos de manera transversal: público infantil, público familiar, público
adolescente, público anciano, público masculino, público femenino, público
blanco, negro, gitano, público urbano y público rural… Todos estos tipos de
público, definidos en función de categorías sociológicas como la raza, el
género y la edad, intersectan en muchos aspectos y se diferencian en otros.
A la hora de elaborar –y también de criticar- un
espectáculo, deberíamos pensar siempre en el público potencial al que el mismo
se dirige. Esto implica, desde luego, conocerlo, lo que significa no
prejuzgarlo de antemano ni atribuirle rasgos o categorías de pensamiento,
gusto, etc. de forma generalista y muchas veces aleatoria. Deberíamos no solo
tratar de sorprender a nuestro público, sino también dejarnos sorprender por
él.
Lo anterior se traduce en una actitud de respeto y
horizontalidad hacia nuestro público. En no tratar de aleccionar ni sermonear
como gurús de la tribu. A través de un espectáculo podemos enseñarle cosas al
público; pero por medio de sus reacciones el público también nos enseña cosas a
nosotros.
La presencia de internet y la aparición de nuevas formas de disfrutar del arte deben llevarnos a preguntarnos acerca de la posibilidad de hacerlo en privado: el acto de trasmisión, de comunicación de la obra de arte, ¿es posible en privado? En la actualidad algunos espacios se transforman, tratando de encontrar nuevas vías de respuesta para estos interrogantes. Es quizá el caso de un espacio como Microteatro por dinero, en el centro de Madrid, que divide su espacio en cinco microsalas en las que solo caben 15 espectadores por función y donde las obras se conciben también en formato micro de 15 minutos máximo de duración. Es resultado, al menos en términos económicos, es muy positivo. sin embargo, sigue tratándose de un público colectivo.
A medida que el público cambia, los creadores y las creadoras también lo hacemos. Y lo hace, necesariamente, nuestra forma de encarar la relación con el espectador. Todavía está por ver, no obstante, que sea posible la interacción teatral con un público radicalmente individualizado, privatizado, cómodamente sentado en el sillón de su casa.
domingo, 11 de noviembre de 2012
CONFESIONES DE UN CRÍTICO
Exponer públicamente una autocrítica
sincera es principio ético que nunca ha estado de moda en un país tan dado a la
intolerancia como España. La reflexión que Nacho Garzón hace sobre el ejercicio
de su profesión de crítico, comienza con las dudas e inquietudes del
autor sobre su propia capacidad para ejecutar tan espinosa tarea. De este modo
las palabras de Garzón adquieren, ya desde las primeras líneas, un valor
especial. El escritor muestra abiertamente una conclusión sobre lo que la crítica
es para él: “un ejercicio de respeto y
humildad”.
Con un estilo ameno y directo,
escrito en una primera persona sin máscaras ni envoltorios, el texto insiste en
la necesidad de no experimentar miedo a la
hora de valorar una obra. El autor apela a Baudelaire (no sin enfatizar
antes que la crítica no es una actividad indudable) para afirmar con él que la
tarea del crítico ha de ser “parcial, apasionada y política”.
El texto avanza proponiendo ejemplos de críticos
que han ejercido –y sufrido– su propio y particular código deontológico, como
es el caso de Ignacio Echevarría. Este crítico literario, que reivindicaba un
cierto grado de contundencia, fue apartado del suplemento Babelia, por su crítica a la novela de Bernardo Atxaga, El hijo del
acordeonista, en aquel momento uno de los lanzamientos más importantes
de Alfaguara, sello editorial que pertenece al mismo grupo empresarial del periódico.
El crítico afirmó haber sido objeto de una represalia por culpa de una nota
negativa que arrancaba del siguiente modo: “Resulta difícil sobreponerse al
estupor que suscita la lectura de esta novela. Cuesta creer que, a estas
alturas, se pueda escribir así”. ¿No queda en entredicho la credibilidad de un
diario, cuando entran en colisión los intereses del grupo empresarial al que
pertenece con una crítica independiente? En mi opinión el crítico está sujeto a
intereses empresariales, de “lobby”, muy complicados de eludir. Recientemente
hemos tenido el caso del rechazo por parte del escritor Javier Marías del
Premio Nacional de Literatura, hecho que ha ocasionado multitud de alabanzas y
también algunas críticas. Dicho rechazo lleva inmediatamente a pensar en la empresa editora de Los
enamoramientos, de nuevo el grupo PRISA, que debe estar frotándose las páginas
ante la impagable publicidad (incomparable a los 20.000 euros del Premio
Nacional) que la decisión del escritor habrá reportado. Cualquiera puede
constatar el esfuerzo promocional que ha realizado la editorial Alfaguara para
comunicar la existencia de este libro. Imagino que pocas personas interesadas
en la literatura habrán quedado al margen del tan comentado rechazo y otras
muchas, que seguramente nunca comprarían la novela, lo habrán hecho por la
curiosidad que el posicionamiento ético de Marías ha despertado. Sería
interesante saber cuál era el balance de ventas (y los derechos de autor
correspondientes) antes y cuál será después de la decisión. Cuestión de
intereses.
Garzón continúa citando ejemplos de
destacados críticos (y de algunos artistas como Kantor o Marsillach) que han
ejercido, sufrido o analizado el oficio. Me detengo en la valoración ecuánime
de Miguel García-Posada cuando subraya: “la función primordial debe ser la de
orientar al lector...Orienta significa valorar con la mayor precisión que sea
posible...”
En un ejercicio de circularidad final,
Garzón vuelve sobre la infalibilidad del crítico profesional, que no deja de
ser un ser humano con emociones. Confiesa haber llorado en ocasiones y haberse
aburrido en otras. Y queremos creerle cuando dice que ha respetado, desde su
atalaya de crítico especializado, el esfuerzo que cualquier función, por
humilde que esta sea, requiere para ser expuesta al público.
DEFENSA DE LA ESCRITURA CRÍTICA
Con la erudición de la que hacía gala
en cada columna, el maestro Haro ofrece en esta un brevísimo pero interesante
recorrido por la historia de la crítica literaria. De Aristarco a Steiner, Haro
confronta al crítico con el criticado, aunque su condición misma de escritor y
crítico le lleva a posicionarse claramente del lado de la buena escritura. Su
tesis concluye que todo buen escritor también es un crítico, como buen
observador del tiempo y de los acontecimientos que le corresponden vivir. Cita
Haro a George Steiner, uno de los más grandes profesores, críticos y teóricos
de la literatura, para recordar de memoria una afirmación (que nosotros también
defendemos): para ser crítico de la literatura es necesario, ante todo, escribir
bien. Palabras que en el caso de Eduardo Haro Tecglen son un axioma, pues sus
críticas –como toda su escritura– eran una interpretación lúcida, con una
exigencia máxima en el uso original de su lenguaje personal y de su vasta
cultura, de lo observado.
jueves, 25 de octubre de 2012
Crítica sobre la crítica
La larga búsqueda del término medio. La historia de la
filosofía nos lo ilustra desde la figura de un pensador tan antiguo como
Aristóteles. En literatura, el Neoclasicismo y la Ilustración también
persiguen este empeño griego en la mesura y la huida de los excesos.
En el artículo de Nacho Garzón se
expresa esta misma preocupación en relación a la crítica teatral: cómo ejercer
una crítica profesional y responsable sin caer en ninguno de los dos extremos, ni
pasarse ni quedarse corto.
Esta preocupación en torno a la cual
gira el artículo es encarada de modo práctico por Eduardo Haro Tecglen en su
sutil crítica del libro de Miguel Ángel Menassa.
Lo más destacable desde mi punto de
vista, y que, ya desde la enunciación, ya desde el ejercicio de la propia
crítica, se encuentra presente en los dos artículos, es esa necesidad de no
perder de vista el respeto ante quien ha dedicado esfuerzo y
trabajo a mostrar algo sobre un escenario. Pocas formas de arte evidencian
mejor que el teatro la desnudez prácticamente absoluta del creador o la
creadora ante su obra mostrada. La crítica teatral no puede perder de vista
este hecho; no como motivo para la compasión, sino para el respeto por ese acto
de honestidad. Como menciona Nacho Garzón, de esta actitud de respeto debe
derivar una humildad ante lo que se critica.
Quien critica no es omnisciente ni
todopoderoso y puede equivocarse -y, de hecho, como en el resto de facetas
humanas, se equivoca con frecuencia. Cuanto menores sean las pretensiones de
partida menos doloroso resultará reconocer el error cuando este se produzca. Lo
mismo en crítica que en el propio arte criticado.
Todo esto no significa, desde luego, que
la obra, el producto de ese esfuerzo artístico, no pueda -y deba- ser
criticada. Este ejercicio de examen forma parte de esa misma actitud de respeto
hacia el trabajo ajeno: no hay mayor falta de respeto, en este sentido, que la
de la indiferencia.
¿Cómo debe, pues, ejercerse esta
crítica humilde y respetuosa pero necesaria al mismo tiempo? Poniendo los
propios conocimientos y experiencias al servicio del público y de los
creadores, y con la conciencia simultánea de las propias limitaciones. En
ese sentido, la crítica debería estimular y alentar procesos de mejora y
posibilidades inexploradas, así como iluminar conexiones y paralelismos con
otros contextos sociológicos y artísticos.
En realidad, no se trata
tanto de la búsqueda de términos medios como de la excelencia o mejora en aquello en lo que se trabaja. Esta excelencia puede no encontrarse en el propio espectáculo,
y en ese caso habrá de ser apuntada. La búsqueda y la profundización en los
procesos de mejora es lo único que puede salvar, tanto al arte como a la
crítica, de creerse más o menos de lo que realmente son. Lo mismo, repetimos, en
crítica que en arte.
lunes, 15 de octubre de 2012
Un oficio con importancia
Las cosas más importantes de esta vida parecen ser,
justamente, aquellas a cuya consideración no suele concederse una gran cantidad
de tiempo y de recursos.
Dice Nieva en su artículo que en
el panorama actual de sobrecarga literaria de textos y obras, resulta superflua
la publicación de una novela o una poesía más o menos. El escritor ya no cumple
la función social que le era reclamada en el siglo XIX, y hasta se encuentra en
entredicho la cuestión misma de si cumple función social alguna.
Nadie puede escribir hoy día,
continúa Nieva, con la pretensión de hacerse rico, ni siquiera muchas veces,
con la pretensión de ganar algún dinero. Ejemplifica para ello con el caso del
poeta. El artículo, del año 2000, ha visto incrementado su sentido con el paso
de los años y los avatares de estos últimos tiempos. Los debates acerca de la
literatura como forma de ganarse la vida son cada vez más complejos y
arriesgados, y tienen que vérselas muchas veces con los problemas de la gestión
de los derechos de autor y también con muchas actitudes de incomprensión hacia
los gremios de la cultura.
Nadie que escriba lo hará pensando
en ganar dinero con ello. O, por lo menos, nadie lo hará en primer lugar y de
forma prioritaria. La necesidad de escribir no está ligada a la de comer. Nieva
habla de la escritura como condena, y es ahí donde se revela el carácter
paradójico del artículo, que nos habla en el título de un oficio sin
importancia mientras reivindica los orígenes no contingentes ni voluntarios del
acto de escribir.
El escritor o la escritora
escriben porque no pueden dejar de hacerlo. Como vía de comprensión y
acercamiento al mundo que les rodea y también a sí mismos, la escritura es para
Nieva una condena.
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