lunes, 10 de diciembre de 2012

¿Está la crítica en fase crítica?

La palabra 'crisis' se ha convertido en los últimos años en una de las más utilizadas, no solo con un sentido económico. A la conciencia finisecular y también de final del milenio se sumaron pronto los primeros coletazos de una situación de recesión global económica, política y social.

En semejante panorama no resulta nada extraño plantearnos una supuesta crisis de aquello que debería hacer entrar en crisis al resto: la crítica. Claro está que cuando aquí hablamos de 'hacer entrar en crisis' no estamos haciendo uso de ese término al modo peyorativo y en el fondo conservador en que suele hacerse. La crítica debería provocar crisis porque su labor es justamente cuestionar, tensionar límites; y, en ese sentido, desestabilizar dogmas.

Así pues, ¿está en crisis la crítica? Si la crisis se entiende como sinónimo de cataclismo, quizá sea bueno añadir que la multiplicación de esferas de opinión no significa falta de calidad o fiabilidad del sentido crítico; en líneas generales, pensamos que no es así. Cuanto más, mejor.

Pero en un sentido más positivo, sería bueno afirmar que sí, que ojalá la crítica teatral (y del tipo que sea), especialmente si eso es estímulo de cuestionamiento y mejora, esté en crisis permanente. De acuerdo a los tiempos que corren. Necesitamos aplicar un sentido crítico al mundo -también al mundo del teatro- con el fin de desestabilizarlo. Solo así podremos después reconstruirlo.


domingo, 9 de diciembre de 2012

En busca del público




La autoría de una obra literario dramática es un correlato de la respiración de quien la
escribe. Uno escribe como respira. Y uno siente que al escribir y respirar sobre la base
de una emoción estética está creando algo nuevo y transformador y por lo tanto es capaz
de conectar. Cada autor, cada autora brega entre el sufrimiento y la alegría para llenar su
universo de contenido. En el caso de que esta amalgama de sentimientos consiga hallar
el camino del público, la intuición poética del autor llegará traducida, interpretada por
otras personas que en un acto de hospitalidad, y por lo tanto de amor, la colocarán en
pliegos de papel encuadernados o la elevaran sobre las tablas de un escenario. O quizás
suceda todo lo contrario,

Y es que conocer al público del teatro tiene que ver con el conocimiento de los
espacios teatrales de la ciudad en la que uno desarrolla su actividad, en este caso,
Madrid. Especialmente a los programadores de las salas, aquellos que deciden qué
obra encajará en la próxima temporada teatral, pues ellos y ellas, supuestamente, sí
conocen a su público. Que el Centro Dramático Nacional, el Matadero, el Español, el
Teatro de la Abadía, o las empresas Focus o Smedia, elijan determinados proyectos
para su representación pública, está íntimamente relacionado con las líneas editoriales
diseñadas para los teatros que gestionan. Sus decisiones a lo largo de los años han ido
configurando al público de sus teatros, aquel que pagará su entrada por ver lo más
moderno, lo más clásico, lo más comercial... de la amplísima oferta que autores y
compañías les ofrecen.

Desconozco en absoluto cuál sería mí público, el público con el que yo podría llegar
a comunicarme mediante un artefacto escrito o representado. Al margen del reducido
número de personas que me conocen, no sé nada de este público, mi público potencial,
quienes mirarían en vivo una función con un texto firmado por mí. No sé nada tampoco
de aquellos que lo leerían, ni siquiera del que asistiría en diferido desde su casa a
una posible grabación del espectáculo, en una de las múltiples ventanas disponibles
en internet. Que una obra llegue a conectar con un número más o menos amplio de
espectadores tiene que ver, la mayoría de las veces, con una sucesión encadenada
de felices casualidades, sobre las cuales el talento artístico del autor nunca gobierna.
Hay otra clase de habilidad, que también es una clase de talento, que facilita mucho
las aspiraciones de comunicación pública de una obra: la capacidad del artista para
relacionarse con su entorno social y promocionarse.

Después de pensar durante unos minutos en cómo avanzar en este ejercicio de homenaje
a Larra, la idea me sigue inquietando bruscamente: ¿cuál será mi público? Me decido
a pasear, como Larra, por Madrid, buscando a las personas idóneas para ser público de
teatro, pero no de cualquier teatro, sino de mi teatro. Redacto en mi memoria algunas
frases: amiga, ¿a usted le gusta que el teatro le provoque emociones?; ¿le ayude a
vivir?; ¿le ponga en contacto con ritos ancestrales?...¿No?. Usted quizás sea muy
exigente, pero si le hablo de la traición, de la culpa, del amor y de la muerte, quizás...

Reviso los argumentos teatrales que en este momento estoy trabajando, asumo la
dificultad de la tarea y bajo a la plaza de Lavapiés. Me sitúo frente a la cola que se
forma para entrar en el teatro Valle-Inclán, decidido a emplear mi razonamiento del
párrafo anterior. A priori, y para animarme, autogenero la siguiente sensación: la mayor

parte de la gente que aguarda para ver Lucido de Rafael Splegerbud, también podría ser
público de una obra mía: la del trasterrado, la de la joven africana, la de los comediantes
pícaros, la de la mujer oculta detrás de la máscara... Siento pudor, pero abordo a una
señora de cuarenta años que está sola. Se produce el siguiente diálogo:

YO.- Señora, perdone, me permite una pregunta ¿a usted le gustaría asistir como
público a una obra de teatro en la que un joven mata a su padre, se convierte en rey,
tiene cuatro hijos con su propia madre, y luego cuando se entera se saca los ojos?
LA SEÑORA.- No se haga usted el listo. Conozco a Edipo. Yo he leído a los clásicos y
he asistido a muchas representaciones teatrales.
YO.- Ya, ¿y si yo le dijera que mi versión es una ópera rock ambientada en China?
LA SEÑORA.- Anticuado...
YO.- Y si no hubiera palabras y todo se trasmitiera con gestos...
LA SEÑORA.- Soy filóloga.
YO.- Ya. ¿y si hubiera un mensaje actual político y social? ¿El 15-M? ¿la crisis?
LA SEÑORA.- Habría que hilar muy fino. Explíquese mejor...
YO.- No importa, no se preocupe, ya veo que usted es de las mías...

Repito las preguntas, con algunas variantes en las que poco a poco voy incluyendo
mis propios temas, a varias personas que me encuentro en el trayecto entre la Plaza
de Lavapiés y el Nuevo Teatro Fronterizo, un espacio teatral en el que trabajo por
las tardes peinando clásicos. En principio todas ellas contestan con cierto grado de
compromiso a mis preguntas, es decir que todas ellas irían a ver alguna de mis obras,
sobre todo si fuera gratis. Me alegro con una alegría engañosa, soy consciente de
ello, porque en el fondo pienso que para el actual madrileño y madrileña medios, o
sea medio-bajos en estos tiempos, gastar quince o veinte euros en una obra de teatro
puede dejarles sin ese libro que necesitan, esas cañitas con los amigos tan agradables,
esa compra en el Carrefour para una semana o el pantalón de chandal que necesita
el pequeño. La conciencia de clase me dice que tal y como está la sociedad, el teatro
es un lujo burgués al alcance de pocos y que debo ser consecuente con el tiempo que
vivo. Pero el corazón del artista me dice que el teatro es una herramienta para aprender
a vivir, tanto para el que lo hace como para quien asiste a las funciones. Que es tan
necesario como el libro, la comida, la caña o el chandal. Por eso me atrevo a decirme
que el público de una obra que yo escriba puede ser todo el que llegué a oír hablar de mí
y de ella. Que hay que mantener la vocación por muy duros que sean los tiempos. Que
lo importante es respirar.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

COMENTARIO SOBRE LA CRÍTICA TEATRAL



            La crítica teatral es para mí un gran conflicto dramático interno: aquel que experimenta el escritor entre la necesidad de reportar una información objetiva y veraz y su propósito de emitir públicamente una valoración, y como tal, subjetiva, acerca de un espectáculo o una obra artística.
            Al hacer una crítica literaria, teatral, cinematográfica, musical,… el escritor mezcla información y opinión, no pudiendo, o debiendo, a mi entender, existir una sin la otra. Siendo el hecho de informar lo más objetivamente posible sobre el espectáculo la base de la crítica, considero que la dificultad y su verdadera esencia residen en la opinión argumentada que el crítico nos da acerca del mismo. Esto es, la virtud de proporcionar al potencial espectador del espectáculo, algo más que la sinopsis y la ficha técnica o artística del mismo, por ejemplo relacionando el hecho artístico de forma sincrónica con el teatro y la sociedad de su tiempo, al mismo tiempo que ubicándolo ,diacrónicamente, dentro de la historia del teatro y del arte.
            Creo que la crítica requiere tanto de una objetivación de los elementos integrantes del hecho teatral como de una sensibilidad especial hacia el análisis y la argumentación, junto con grandes dosis de empatía que le permita al escribiente ponerse del lado del espectador potencial del montaje objeto de la crítica. Y digo escribiente, y no escritor, por tratar de dignificarlo como oficio así como por señalar la acción inacabada que supone escribir esperando el feed-back de ese espectador que decidirá asistir o no a tal espectáculo y que se convertirá, a su vez, en crítico del mismo.
Así, considero que el principal destinatario y beneficiario de la crítica no es el artista, sino el lector o espectador interesado en el hecho teatral, decisor último de tomarla o no en consideración.
Por ello, cualquier crítica teatral, además de informar objetivamente sobre todos los componentes que hacen posible el espectáculo, su ubicación, temporalización etc, deberá aportar datos difícilmente objetivables al entrar en el campo de la opinión, como son la originalidad del mismo, la valoración sobre su significado o su alcance, o incluso la fundamentación de la importancia implícita que concede el crítico al optar por resaltar unos aspectos sobre otros.
Así, desechando la arbitrariedad y la gratuidad en los juicios, considero parte de la riqueza del arte de hacer crítica teatral, aquella que reside en la expresión de la propia idiosincrasia del que la ejerce entendiendo el teatro como un fenómeno vivo, no estático, cuyo alcance, valoración y repercusión social depende también de los ojos que lo miran.

martes, 27 de noviembre de 2012

¿Qué público?


En nuestros universos europeos vivimos rodeados y rodeadas de tecnología. En concreto, las tecnologías de la información y la comunicación han provocado una sobrecarga en la cantidad de estímulos que recibimos diariamente. Apenas quedan hogares donde no exista una televisión; y cuando esto es así, sucede más a menudo por una decisión consciente y voluntaria que por falta de recursos. Internet ha visto su uso generalizado en los últimos años casi como si se tratara de un bien de primera necesidad. Es tanta su influencia que el cine, la música o incluso los libros –dicen- pierden usuarios por su culpa.

¿Qué ha ocurrido? El concepto de público está cambiando. El público ya no es esa instancia colectiva que se reúne en un lugar común para compartir un espectáculo. O al menos ya no es necesariamente eso. Existen tantos tipos de público como de obras de arte. Existen públicos singulares, anónimos, que carecen de un sentido de lo colectivo. Existen individuos disfrutando en soledad que no saben que, en sentido estricto, conforman un público. Y la gran pregunta es: ¿lo forman?

¿Y el teatro? Tradicionalmente hemos dividido al público teatral en dos sectores distintos: el que consume teatro comercial (y la palabra “consume” es aquí clave), y el que acude a las llamadas ‘salas alternativas’ (apelativo el de ‘alternativas’ que también abarcaría cosas muy dispares). Pero dentro de estos dos tipos existen otras distinciones que recorren a ambos de manera transversal: público infantil, público familiar, público adolescente, público anciano, público masculino, público femenino, público blanco, negro, gitano, público urbano y público rural… Todos estos tipos de público, definidos en función de categorías sociológicas como la raza, el género y la edad, intersectan en muchos aspectos y se diferencian en otros.

A la hora de elaborar –y también de criticar- un espectáculo, deberíamos pensar siempre en el público potencial al que el mismo se dirige. Esto implica, desde luego, conocerlo, lo que significa no prejuzgarlo de antemano ni atribuirle rasgos o categorías de pensamiento, gusto, etc. de forma generalista y muchas veces aleatoria. Deberíamos no solo tratar de sorprender a nuestro público, sino también dejarnos sorprender por él.

Lo anterior se traduce en una actitud de respeto y horizontalidad hacia nuestro público. En no tratar de aleccionar ni sermonear como gurús de la tribu. A través de un espectáculo podemos enseñarle cosas al público; pero por medio de sus reacciones el público también nos enseña cosas a nosotros.

En definitiva, el público se perfila como una masa borrosa que en ocasiones resulta confusa, poco definida. Pero en Madrid existe realmente público de teatro; existen muchos públicos de teatro. Es nuestra labor investigar esos públicos, conocerlos, desafiarlos y dejarnos desafiar por los mismos, en un intercambio artístico horizontal que se retroalimente a sí mismo.

La presencia de internet y la aparición de nuevas formas de disfrutar del arte deben llevarnos a preguntarnos acerca de la posibilidad de hacerlo en privado: el acto de trasmisión, de comunicación de la obra de arte, ¿es posible en privado? En la actualidad algunos espacios se transforman, tratando de encontrar nuevas vías de respuesta para estos interrogantes. Es quizá el caso de un espacio como Microteatro por dinero, en el centro de Madrid, que divide su espacio en cinco microsalas en las que solo caben 15 espectadores por función y donde las obras se conciben también en formato micro de 15 minutos máximo de duración. Es resultado, al menos en términos económicos, es muy positivo. sin embargo, sigue tratándose de un público colectivo.

A medida que el público cambia, los creadores y las creadoras también lo hacemos. Y lo hace, necesariamente, nuestra forma de encarar la relación con el espectador. Todavía está por ver, no obstante, que sea posible la interacción teatral con un público radicalmente individualizado, privatizado, cómodamente sentado en el sillón de su casa.

Taller de títeres con Malgosia Szkandera


Bag Lady, espectáculo de Malgosia Zskandera.

El títere conecta más con la esencia, con lo espiritual, más allá de las palabras. La semana pasada los alumnos y las alumnas de las especialidades de Dirección Escénica y Dramaturgia de la Real Escuela Superior de Arte Dramático pudieron comprobarlo por primera vez en esta escuela. El Seminario de Dramaturgia en el teatro de títeres y objetos, impartido por la profesora Malgosia Szkandera, fue organizado por el Departamento de Escritura y Ciencias Teatrales, en coordinación con el de Dirección Escénica. En el seminario se introdujeron algunas de las principales técnicas de manipulación de títeres, así como de interpretación con objetos; además, se fabricaron marionetas utilizando materiales de reciclaje. Concebido de forma práctica, los principios de investigación e improvisación constituyeron la esencia de las clases. La profesora Malgosia Szkandera está graduada en Arte Dramático por la propia RESAD, en la especialidad de Interpretación Gestual; lleva más de una década impartiendo formación y también trabajando con títeres y objetos. Debido a la elevada demanda que alcanzó, la asistencia al taller se consideró obligatoria. El taller respetó, no obstante, la convocatoria de huelga general situada a mitad de la semana, recuperando las horas de ese día en las jornadas siguientes. 

sábado, 17 de noviembre de 2012

"Ya soy redactor" de M. J. de Larra


¿Por qué extraña fatalidad ha de anhelar el hombre siempre lo que no tiene? Preguntémosle a un joven barbilucio qué desea. «¿Cuándo tendré barbas?», exclama en su interior. Nácenle las barbas, y hele allí maldiciendo ya del barbero y de la navaja. «¿Cuándo hallaré en mi Filis correspondencia?», le grita en el fondo de su corazón un deseo innato de amar y de ser amado. Ya oyó el sí. ¡Gozó el bien que deseaba! Y ya maldice del amor y sus espinas. ¿Le prefiere Laura? Pues todo su deseo se cifra en conquistar a Amira que le desprecia. ¿De qué nace esta sed insaciable, este deseo vividor, reemplazado por otros y otros deseos que rápidamente se suceden, sin encontrar jamás sino imperfecta satisfacción?

El padre Almeida, si mal no me acuerdo, dice entre otras cosas curiosas, y aun lo afianza, que la Providencia quiso poner en nosotros este deseo implacable para que nos atestiguase eternamente que no hacemos en este mundo transitorio sino una corta peregrinación, y que la satisfacción de nuestros deseos no está en esta vida, sino en otra más perfecta y duradera. Así debe de ser, y cierto que vivimos de todas suertes agradecidos a la previsión y ardiente caridad con que el reverendo padre nos quiso sacar de esta peregrina duda. Yo, que no tengo un ápice de metafísico, y que dejo la resolución de estos problemas a aquellos que tienen más noticias ciertas que yo de nuestro destino, me ciño a decir que el deseo existe, y esto basta para mi propósito.

Yo, Fígaro, soy de ello una viva prueba: no bien me había tentado el enemigo malo, y sentí los primeros pujos de escritor público, cuando dieron en írseme los ojos tras cada periódico que veía, y era mi pío por mañana y noche: «¿Cuándo seré redactor de periódico?». Figurábaseme, sí, desde luego, obra de romanos el llenar y embutir con verdades luminosas las largas columnas de un papel público; pero en cambio era para mí de la mayor consideración el imaginarme a la cabeza de una sección literaria, recibiendo comunicados atentos y decorosos, viendo diariamente consignadas en indelebles caracteres de imprenta mis propias ideas y las de mis amigos, y sin más trabajo, a mi parecer, que el haber de contar y recontar al fin de mes los sonantes doblones que el público desinteresado tiene la bondad de depositar en cambio de papel en los arcones periodísticos de una empresa, luz y antorcha de la patria, y órgano de la civilización del país.

Dejemos aparte las causas y concausas felices o desgraciadas que de vicisitud en vicisitud me han conducido al auge de periodista: lo uno porque al público no le importarán probablemente, y lo otro porque a mí mismo podría serme acaso más difícil de lo que a primera vista parece el designarlas. El hecho es que me acosté una noche autor de folletos y de comedias ajenas, y amanecí periodista: mireme de alto abajo, sorteando un espejo que a la sazón tenía, no tan grande como mi persona, que es hacer el elogio de su pequeñez, y dime a escudriñar detenidamente si alguna alteración notable se habría verificado en mi físico; pero por fortuna eché de ver que como no fuese en la parte moral, lo que es en la exterior y palpable, tan persona es un periodista como un autor de folletos. «¡Ya soy redactor!», exclamé alborozado, y echéme a fraguar artículos, bien determinado a triturar en el mortero de mi crítica cuanto malandrín literario me saliese al camino en territorio de mi jurisdicción. Pero ¡ay de mí, insensato, que, chasco sobre chasco, vivo hoy tan desengañado de periodista como de autor de comedias! Diré brevemente lo que me aconteció, sin descubrir por otra parte los recursos ocultos que mueven la gran máquina de un periódico, ni romper el velo del prestigio que cubre nuestros altares, que eso fuera sobrado e inoportuno desinterés; y juzgue el lector si no es preferible vivir tranquilamente suscrito a un periódico, que haberle sabia y precipitadamente de componer.

-¡Señor Fígaro!, un artículo de teatros.

-¿De teatros? Voy allá.

Yo escribo para el público, y el público, digo para mí, merece la verdad: el teatro, pues, no es teatro: la comedia es ridícula: el actor A es malo, y la actriz H es peor. ¡Santo cielo! Nunca hubiera pensado en abrir mi boca para hablar de teatros. Comunicado a renglón seguido en mi papel y en todos los contemporáneos, en que el autor de la comedia dice que es excelente, y el articulista un «acéfalo»: se conjuran los actores, cierran la puerta del teatro a mis comedias para lo sucesivo, y ponen el grito en los cielos. ¿Quién es el fatuo que nos critica? ¡Pícaro traductor, ladrón, pedante! ¿Y esto logra el pobre amigo de la verdad y de la ilustración? ¡Oh qué placer el de ser redactor!

Precipítome, huyendo del teatro, en la literatura. Un señorón encopetado acaba de publicar una obra indigesta. «Señor redactor -me dice en una carta seductora-, confío en el talento de usted y en nuestra amistad, de que le tengo dadas bastantes pruebas (por desgracia suele ser verdad), que hará un juicio crítico de mi obra, imparcial (imparcial llama él a un juicio que le alabe), y espero a usted a comer para que juntos departamos acerca de algunas ideas que convendría indicar, etc., etc.» Resista usted a estas indirectas, y opte usted entre la ingratitud y la mentira. Ambos vicios tienen sus acerbos detractores, y unos u otros se han de ensangrentar en el triste Fígaro. ¡Oh qué placer el de ser redactor!

 
¡Bueno! Traduciré noticias; al trabajo; corto mi pluma, desenvuelvo el inmenso papel extranjero; ahí van tres columnas. ¿Tres columnas he dicho? Al día siguiente las busco en la Revista, pero inútilmente.

-Señor director, ¿qué se hicieron mis columnas?

-Calle usted -me responde-, ahí están; no han servido: esta noticia es inoportuna; ésa arriesgada; la otra no conviene; aquella de más allá es insignificante; estotra es buena, pero está mal traducida.

-Considere usted que es preciso hacer ese trabajo en horas -replico lleno de entusiasmo-; el hombre llega a cansarse...

-Si usted es hombre que se cansa alguna vez, no sirve usted para periódicos...

-Me dolía ya la cabeza...

-Al buen periodista nunca le debe doler la cabeza...

-¡Oh qué placer el de ser redactor!

Dejémonos de ese fárrago, yo no sirvo para él. Vaya un artículo profundo; ojeo el Say y el Smith; de economía política será.

-Grande artículo -me dice el editor-, pero, amigo Fígaro, no vuelva usted a hacer otro.

-¿Por qué?

-Porque esto es matarme el periódico. ¿Quién quiere usted que le lea, si no es jocoso, ni mordaz, ni superficial? Si tiene además cinco columnas... Todos se me han quejado; nada de artículos científicos, porque nadie los lee. Perderá usted su trabajo.

-¡Oh qué placer el de ser redactor!

-Encárguese usted de revisar los artículos comunicados, y sobre todo las composiciones poéticas de circunstancias...

-¡Ay!, señor editor, pero habrá que leerlas...

-Preciso, señor Fígaro...

-¡Ay!, señor editor, mejor quiero rezar diez rosarios de quince dieces.

-¡Señor Fígaro...!

-¡Oh qué placer el de ser redactor!

Política y más política. ¿Qué otro recurso me queda? Verdad es que de política no entiendo una palabra. Pero ¿en qué niñerías me paro? ¡Si seré yo el primero que escriba política sin saberla! Manos a la obra; junto palabras y digo: «conferencias, protocolos, derechos, representación, monarquía, legitimidad, notas, usurpación, cámaras, cortes, centralizar, naciones, felicidad, paz, ilusos, incautos, seducción, tranquilidad, guerra, beligerantes, armisticio, contraproyecto, adhesión, borrascas políticas, fuerzas, unidad, gobernantes, máximas, sistemas, desquiciadores, revolución, orden, centros, izquierda, modificación, bill, reforma», etc., etc., etc. Ya hice mi artículo, pero ¡oh cielos! El editor me llama.

-Señor Fígaro, usted trata de comprometerme con las ideas que propala en ese artículo...

-¿Yo propalo ideas, señor editor? Crea usted que es sin saberlo. ¿Conque tanta malicia tiene...?

-Si usted no tiene pulso...

-Perdone usted; yo no creí que mi sistema político era tan... yo lo hice jugando...

-Pues si nos para perjuicio usted será el responsable...

-¿Yo, señor editor? ¡Oh qué placer el de ser redactor!

¡Oh, si esto fuese todo, y si sólo fuera uno responsable, pobre Fígaro, de lo que escribe! Pero ¡ah!, tocamos a otro inconveniente; supongo yo que ni apareció el autor necio, ni el actor ofendido, ni disgustó el artículo sino que todo fue dicha en él. ¿Quién me responde de que algún maldito yerro de imprenta no me hará decir disparate sobre disparate? ¿Quién me dice que no se pondrá «Camellos» donde yo puse «Comellas», «torner», donde escribí yo «Forner», «ritómico» donde «rítmico», y otros de la misma familia? ¿Será preciso imprimir yo mismo mis artículos? ¡Oh qué placer el de ser redactor! ¡Santo cielo! ¿Y yo deseaba ser periodista? Confieso como hombre débil, lector mío, que nunca supe lo que quise; juzga tú por el largo cuento de mis infortunios periodísticos, que mucho procuré abreviarte, si puedo y debo con sobrada razón exclamar ahora que ya lo soy: ¡Oh qué placer el de ser redactor!...

Revista Española, n.º 39, 19 de marzo de 1833. Firmado: Fígaro.






[Nota editorial: Otras eds.: Fígaro. Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres, ed. Alejandro Pérez Vidal, Barcelona, Crítica, 2000, pp. 66-70; Artículos, ed. Carlos Seco Serrano, Barcelona, Planeta, 1981, pp. 368-372. Obras completas de D. Mariano José de Larra (Fígaro), ed. Montaner y Simon, Barcelona, 1886, pp. 266-268.]