La palabra 'crisis' se ha convertido en los últimos años en una de las más utilizadas, no solo con un sentido económico. A la conciencia finisecular y también de final del milenio se sumaron pronto los primeros coletazos de una situación de recesión global económica, política y social.
En semejante panorama no resulta nada extraño plantearnos una supuesta crisis de aquello que debería hacer entrar en crisis al resto: la crítica. Claro está que cuando aquí hablamos de 'hacer entrar en crisis' no estamos haciendo uso de ese término al modo peyorativo y en el fondo conservador en que suele hacerse. La crítica debería provocar crisis porque su labor es justamente cuestionar, tensionar límites; y, en ese sentido, desestabilizar dogmas.
Así pues, ¿está en crisis la crítica? Si la crisis se entiende como sinónimo de cataclismo, quizá sea bueno añadir que la multiplicación de
esferas de opinión no significa falta de calidad o
fiabilidad del sentido crítico; en líneas generales, pensamos que no es así. Cuanto más, mejor.
Pero en un sentido más positivo, sería bueno afirmar que sí, que ojalá la crítica teatral (y del tipo que sea), especialmente si eso es estímulo de cuestionamiento y mejora, esté en crisis permanente. De acuerdo a los tiempos que corren. Necesitamos aplicar un sentido crítico al mundo -también al mundo del teatro- con el fin de desestabilizarlo. Solo así podremos después reconstruirlo.
Blog de la asignatura de Crítica Teatral impartida por el Profesor Juan Antonio Vizcaíno
lunes, 10 de diciembre de 2012
domingo, 9 de diciembre de 2012
En busca del público
La autoría de una obra literario dramática es un correlato de la respiración de quien la
escribe. Uno escribe como respira. Y uno siente que al escribir y respirar sobre la base
de una emoción estética está creando algo nuevo y transformador y por lo tanto es capaz
de conectar. Cada autor, cada autora brega entre el sufrimiento y la alegría para llenar su
universo de contenido. En el caso de que esta amalgama de sentimientos consiga hallar
el camino del público, la intuición poética del autor llegará traducida, interpretada por
otras personas que en un acto de hospitalidad, y por lo tanto de amor, la colocarán en
pliegos de papel encuadernados o la elevaran sobre las tablas de un escenario. O quizás
suceda todo lo contrario,
Y es que conocer al público del teatro tiene que ver con el conocimiento de los
espacios teatrales de la ciudad en la que uno desarrolla su actividad, en este caso,
Madrid. Especialmente a los programadores de las salas, aquellos que deciden qué
obra encajará en la próxima temporada teatral, pues ellos y ellas, supuestamente, sí
conocen a su público. Que el Centro Dramático Nacional, el Matadero, el Español, el
Teatro de la Abadía, o las empresas Focus o Smedia, elijan determinados proyectos
para su representación pública, está íntimamente relacionado con las líneas editoriales
diseñadas para los teatros que gestionan. Sus decisiones a lo largo de los años han ido
configurando al público de sus teatros, aquel que pagará su entrada por ver lo más
moderno, lo más clásico, lo más comercial... de la amplísima oferta que autores y
compañías les ofrecen.
Desconozco en absoluto cuál sería mí público, el público con el que yo podría llegar
a comunicarme mediante un artefacto escrito o representado. Al margen del reducido
número de personas que me conocen, no sé nada de este público, mi público potencial,
quienes mirarían en vivo una función con un texto firmado por mí. No sé nada tampoco
de aquellos que lo leerían, ni siquiera del que asistiría en diferido desde su casa a
una posible grabación del espectáculo, en una de las múltiples ventanas disponibles
en internet. Que una obra llegue a conectar con un número más o menos amplio de
espectadores tiene que ver, la mayoría de las veces, con una sucesión encadenada
de felices casualidades, sobre las cuales el talento artístico del autor nunca gobierna.
Hay otra clase de habilidad, que también es una clase de talento, que facilita mucho
las aspiraciones de comunicación pública de una obra: la capacidad del artista para
relacionarse con su entorno social y promocionarse.
Después de pensar durante unos minutos en cómo avanzar en este ejercicio de homenaje
a Larra, la idea me sigue inquietando bruscamente: ¿cuál será mi público? Me decido
a pasear, como Larra, por Madrid, buscando a las personas idóneas para ser público de
teatro, pero no de cualquier teatro, sino de mi teatro. Redacto en mi memoria algunas
frases: amiga, ¿a usted le gusta que el teatro le provoque emociones?; ¿le ayude a
vivir?; ¿le ponga en contacto con ritos ancestrales?...¿No?. Usted quizás sea muy
exigente, pero si le hablo de la traición, de la culpa, del amor y de la muerte, quizás...
Reviso los argumentos teatrales que en este momento estoy trabajando, asumo la
dificultad de la tarea y bajo a la plaza de Lavapiés. Me sitúo frente a la cola que se
forma para entrar en el teatro Valle-Inclán, decidido a emplear mi razonamiento del
párrafo anterior. A priori, y para animarme, autogenero la siguiente sensación: la mayor
parte de la gente que aguarda para ver Lucido de Rafael Splegerbud, también podría ser
público de una obra mía: la del trasterrado, la de la joven africana, la de los comediantes
pícaros, la de la mujer oculta detrás de la máscara... Siento pudor, pero abordo a una
señora de cuarenta años que está sola. Se produce el siguiente diálogo:
YO.- Señora, perdone, me permite una pregunta ¿a usted le gustaría asistir como
público a una obra de teatro en la que un joven mata a su padre, se convierte en rey,
tiene cuatro hijos con su propia madre, y luego cuando se entera se saca los ojos?
LA SEÑORA.- No se haga usted el listo. Conozco a Edipo. Yo he leído a los clásicos y
he asistido a muchas representaciones teatrales.
YO.- Ya, ¿y si yo le dijera que mi versión es una ópera rock ambientada en China?
LA SEÑORA.- Anticuado...
YO.- Y si no hubiera palabras y todo se trasmitiera con gestos...
LA SEÑORA.- Soy filóloga.
YO.- Ya. ¿y si hubiera un mensaje actual político y social? ¿El 15-M? ¿la crisis?
LA SEÑORA.- Habría que hilar muy fino. Explíquese mejor...
YO.- No importa, no se preocupe, ya veo que usted es de las mías...
Repito las preguntas, con algunas variantes en las que poco a poco voy incluyendo
mis propios temas, a varias personas que me encuentro en el trayecto entre la Plaza
de Lavapiés y el Nuevo Teatro Fronterizo, un espacio teatral en el que trabajo por
las tardes peinando clásicos. En principio todas ellas contestan con cierto grado de
compromiso a mis preguntas, es decir que todas ellas irían a ver alguna de mis obras,
sobre todo si fuera gratis. Me alegro con una alegría engañosa, soy consciente de
ello, porque en el fondo pienso que para el actual madrileño y madrileña medios, o
sea medio-bajos en estos tiempos, gastar quince o veinte euros en una obra de teatro
puede dejarles sin ese libro que necesitan, esas cañitas con los amigos tan agradables,
esa compra en el Carrefour para una semana o el pantalón de chandal que necesita
el pequeño. La conciencia de clase me dice que tal y como está la sociedad, el teatro
es un lujo burgués al alcance de pocos y que debo ser consecuente con el tiempo que
vivo. Pero el corazón del artista me dice que el teatro es una herramienta para aprender
a vivir, tanto para el que lo hace como para quien asiste a las funciones. Que es tan
necesario como el libro, la comida, la caña o el chandal. Por eso me atrevo a decirme
que el público de una obra que yo escriba puede ser todo el que llegué a oír hablar de mí
y de ella. Que hay que mantener la vocación por muy duros que sean los tiempos. Que
lo importante es respirar.
miércoles, 5 de diciembre de 2012
COMENTARIO SOBRE LA CRÍTICA TEATRAL
La crítica teatral es para mí un
gran conflicto dramático interno: aquel que experimenta el escritor entre la
necesidad de reportar una información objetiva y veraz y su propósito de emitir
públicamente una valoración, y como tal, subjetiva, acerca de un espectáculo o
una obra artística.
Al hacer una crítica literaria,
teatral, cinematográfica, musical,… el escritor mezcla información y opinión,
no pudiendo, o debiendo, a mi entender, existir una sin la otra. Siendo el
hecho de informar lo más objetivamente posible sobre el espectáculo la base de
la crítica, considero que la dificultad y su verdadera esencia residen en la
opinión argumentada que el crítico nos da acerca del mismo. Esto es, la virtud
de proporcionar al potencial espectador del espectáculo, algo más que la
sinopsis y la ficha técnica o artística del mismo, por ejemplo relacionando el
hecho artístico de forma sincrónica con el teatro y la sociedad de su tiempo, al
mismo tiempo que ubicándolo ,diacrónicamente, dentro de la historia del teatro
y del arte.
Creo que la crítica requiere tanto
de una objetivación de los elementos integrantes del hecho teatral como de una
sensibilidad especial hacia el análisis y la argumentación, junto con grandes
dosis de empatía que le permita al escribiente ponerse del lado del espectador
potencial del montaje objeto de la crítica. Y digo escribiente, y no escritor,
por tratar de dignificarlo como oficio así como por señalar la acción inacabada
que supone escribir esperando el feed-back
de ese espectador que decidirá asistir o no a tal espectáculo y que se
convertirá, a su vez, en crítico del mismo.
Así, considero que el principal destinatario y
beneficiario de la crítica no es el artista, sino el lector o espectador
interesado en el hecho teatral, decisor último de tomarla o no en
consideración.
Por ello, cualquier crítica teatral, además de
informar objetivamente sobre todos los componentes que hacen posible el
espectáculo, su ubicación, temporalización etc, deberá aportar datos difícilmente
objetivables al entrar en el campo de la opinión, como son la originalidad del
mismo, la valoración sobre su significado o su alcance, o incluso la
fundamentación de la importancia implícita que concede el crítico al optar por
resaltar unos aspectos sobre otros.
Así, desechando la arbitrariedad y la gratuidad en
los juicios, considero parte de la riqueza del arte de hacer crítica teatral, aquella
que reside en la expresión de la propia idiosincrasia del que la ejerce entendiendo
el teatro como un fenómeno vivo, no estático, cuyo alcance, valoración y
repercusión social depende también de los ojos que lo miran.
martes, 27 de noviembre de 2012
¿Qué público?
En nuestros universos europeos vivimos rodeados y rodeadas
de tecnología. En concreto, las tecnologías de la información y la comunicación
han provocado una sobrecarga en la cantidad de estímulos que recibimos
diariamente. Apenas quedan hogares donde no exista una televisión; y cuando
esto es así, sucede más a menudo por una decisión consciente y voluntaria que
por falta de recursos. Internet ha visto su uso generalizado en los últimos
años casi como si se tratara de un bien de primera necesidad. Es tanta su
influencia que el cine, la música o incluso los libros –dicen- pierden usuarios
por su culpa.
¿Qué ha ocurrido? El concepto de público está cambiando.
El público ya no es esa instancia colectiva que se reúne en un lugar común para
compartir un espectáculo. O al menos ya no es necesariamente eso. Existen
tantos tipos de público como de obras de arte. Existen públicos singulares,
anónimos, que carecen de un sentido de lo colectivo. Existen individuos
disfrutando en soledad que no saben que, en sentido estricto, conforman un
público. Y la gran pregunta es: ¿lo forman?
¿Y el teatro? Tradicionalmente hemos dividido al público
teatral en dos sectores distintos: el que consume teatro comercial (y la
palabra “consume” es aquí clave), y el que acude a las llamadas ‘salas
alternativas’ (apelativo el de ‘alternativas’ que también abarcaría cosas muy
dispares). Pero dentro de estos dos tipos existen otras distinciones que recorren
a ambos de manera transversal: público infantil, público familiar, público
adolescente, público anciano, público masculino, público femenino, público
blanco, negro, gitano, público urbano y público rural… Todos estos tipos de
público, definidos en función de categorías sociológicas como la raza, el
género y la edad, intersectan en muchos aspectos y se diferencian en otros.
A la hora de elaborar –y también de criticar- un
espectáculo, deberíamos pensar siempre en el público potencial al que el mismo
se dirige. Esto implica, desde luego, conocerlo, lo que significa no
prejuzgarlo de antemano ni atribuirle rasgos o categorías de pensamiento,
gusto, etc. de forma generalista y muchas veces aleatoria. Deberíamos no solo
tratar de sorprender a nuestro público, sino también dejarnos sorprender por
él.
Lo anterior se traduce en una actitud de respeto y
horizontalidad hacia nuestro público. En no tratar de aleccionar ni sermonear
como gurús de la tribu. A través de un espectáculo podemos enseñarle cosas al
público; pero por medio de sus reacciones el público también nos enseña cosas a
nosotros.
La presencia de internet y la aparición de nuevas formas de disfrutar del arte deben llevarnos a preguntarnos acerca de la posibilidad de hacerlo en privado: el acto de trasmisión, de comunicación de la obra de arte, ¿es posible en privado? En la actualidad algunos espacios se transforman, tratando de encontrar nuevas vías de respuesta para estos interrogantes. Es quizá el caso de un espacio como Microteatro por dinero, en el centro de Madrid, que divide su espacio en cinco microsalas en las que solo caben 15 espectadores por función y donde las obras se conciben también en formato micro de 15 minutos máximo de duración. Es resultado, al menos en términos económicos, es muy positivo. sin embargo, sigue tratándose de un público colectivo.
A medida que el público cambia, los creadores y las creadoras también lo hacemos. Y lo hace, necesariamente, nuestra forma de encarar la relación con el espectador. Todavía está por ver, no obstante, que sea posible la interacción teatral con un público radicalmente individualizado, privatizado, cómodamente sentado en el sillón de su casa.
Taller de títeres con Malgosia Szkandera
Bag Lady, espectáculo de Malgosia Zskandera.
El títere conecta más con la esencia, con lo espiritual, más allá de las palabras. La semana pasada los alumnos y las alumnas de las
especialidades de Dirección Escénica y Dramaturgia de la Real Escuela Superior
de Arte Dramático pudieron comprobarlo por primera vez en esta escuela. El Seminario de Dramaturgia en el teatro de títeres y objetos,
impartido por la profesora Malgosia Szkandera, fue organizado por el
Departamento de Escritura y Ciencias Teatrales, en coordinación con el de
Dirección Escénica. En el seminario se introdujeron algunas de las principales
técnicas de manipulación de títeres, así como de interpretación con objetos;
además, se fabricaron marionetas utilizando materiales de reciclaje. Concebido de forma práctica, los
principios de investigación e improvisación constituyeron la esencia de las
clases. La profesora Malgosia Szkandera está graduada en Arte Dramático por la
propia RESAD, en la especialidad de Interpretación Gestual; lleva más de una
década impartiendo formación y también trabajando con títeres y objetos. Debido
a la elevada demanda que alcanzó, la asistencia al taller se consideró
obligatoria. El taller respetó, no obstante, la convocatoria de huelga general
situada a mitad de la semana, recuperando las horas de ese día en las jornadas
siguientes.
sábado, 24 de noviembre de 2012
sábado, 17 de noviembre de 2012
"Ya soy redactor" de M. J. de Larra
¿Por qué extraña fatalidad ha de anhelar el hombre siempre
lo que no tiene? Preguntémosle a un joven barbilucio qué desea. «¿Cuándo tendré
barbas?», exclama en su interior. Nácenle las barbas, y hele allí maldiciendo
ya del barbero y de la navaja. «¿Cuándo hallaré en mi Filis correspondencia?»,
le grita en el fondo de su corazón un deseo innato de amar y de ser amado. Ya
oyó el sí. ¡Gozó el bien que deseaba! Y ya maldice del amor y sus espinas. ¿Le
prefiere Laura? Pues todo su deseo se cifra en conquistar a Amira que le
desprecia. ¿De qué nace esta sed insaciable, este deseo vividor, reemplazado
por otros y otros deseos que rápidamente se suceden, sin encontrar jamás sino
imperfecta satisfacción?
El padre Almeida, si mal no me acuerdo, dice
entre otras cosas curiosas, y aun lo afianza, que la Providencia quiso
poner en nosotros este deseo implacable para que nos atestiguase eternamente
que no hacemos en este mundo transitorio sino una corta peregrinación, y que la
satisfacción de nuestros deseos no está en esta vida, sino en otra más perfecta
y duradera. Así debe de ser, y cierto que vivimos de todas suertes agradecidos
a la previsión y ardiente caridad con que el reverendo padre nos quiso sacar de
esta peregrina duda. Yo, que no tengo un ápice de metafísico, y que dejo la
resolución de estos problemas a aquellos que tienen más noticias ciertas que yo
de nuestro destino, me ciño a decir que el deseo existe, y esto basta para mi
propósito.
Yo, Fígaro, soy de ello una viva prueba: no
bien me había tentado el enemigo malo, y sentí los primeros pujos de escritor
público, cuando dieron en írseme los ojos tras cada periódico que veía, y era
mi pío por mañana y noche: «¿Cuándo seré redactor de periódico?». Figurábaseme,
sí, desde luego, obra de romanos el llenar y embutir con verdades luminosas las
largas columnas de un papel público; pero en cambio era para mí de la mayor
consideración el imaginarme a la cabeza de una sección literaria, recibiendo
comunicados atentos y decorosos, viendo diariamente consignadas en indelebles
caracteres de imprenta mis propias ideas y las de mis amigos, y sin más
trabajo, a mi parecer, que el haber de contar y recontar al fin de mes los
sonantes doblones que el público desinteresado tiene la bondad de depositar en
cambio de papel en los arcones periodísticos de una empresa, luz y antorcha de
la patria, y órgano de la civilización del país.
Dejemos aparte las causas y concausas felices
o desgraciadas que de vicisitud en vicisitud me han conducido al auge de
periodista: lo uno porque al público no le importarán probablemente, y lo otro
porque a mí mismo podría serme acaso más difícil de lo que a primera vista
parece el designarlas. El hecho es que me acosté una noche autor de folletos y
de comedias ajenas, y amanecí periodista: mireme de alto abajo, sorteando un
espejo que a la sazón tenía, no tan grande como mi persona, que es hacer el
elogio de su pequeñez, y dime a escudriñar detenidamente si alguna alteración
notable se habría verificado en mi físico; pero por fortuna eché de ver que como
no fuese en la parte moral, lo que es en la exterior y palpable, tan persona es
un periodista como un autor de folletos. «¡Ya soy redactor!», exclamé
alborozado, y echéme a fraguar artículos, bien determinado a triturar en el
mortero de mi crítica cuanto malandrín literario me saliese al camino en
territorio de mi jurisdicción. Pero ¡ay de mí, insensato, que, chasco sobre
chasco, vivo hoy tan desengañado de periodista como de autor de comedias! Diré
brevemente lo que me aconteció, sin descubrir por otra parte los recursos
ocultos que mueven la gran máquina de un periódico, ni romper el velo del
prestigio que cubre nuestros altares, que eso fuera sobrado e inoportuno
desinterés; y juzgue el lector si no es preferible vivir tranquilamente
suscrito a un periódico, que haberle sabia y precipitadamente de componer.
Yo escribo para el público, y el público, digo
para mí, merece la verdad: el teatro, pues, no es teatro: la comedia es
ridícula: el actor A es malo, y la actriz H es peor. ¡Santo cielo! Nunca
hubiera pensado en abrir mi boca para hablar de teatros. Comunicado a renglón
seguido en mi papel y en todos los contemporáneos, en que el autor de la
comedia dice que es excelente, y el articulista un «acéfalo»: se conjuran los
actores, cierran la puerta del teatro a mis comedias para lo sucesivo, y ponen
el grito en los cielos. ¿Quién es el fatuo que nos critica? ¡Pícaro traductor,
ladrón, pedante! ¿Y esto logra el pobre amigo de la verdad y de la ilustración?
¡Oh qué placer el de ser redactor!
Precipítome, huyendo del teatro, en la
literatura. Un señorón encopetado acaba de publicar una obra indigesta. «Señor
redactor -me dice en una carta seductora-, confío en el talento de usted y en
nuestra amistad, de que le tengo dadas bastantes pruebas (por desgracia suele
ser verdad), que hará un juicio crítico de mi obra, imparcial (imparcial llama
él a un juicio que le alabe), y espero a usted a comer para que juntos
departamos acerca de algunas ideas que convendría indicar, etc., etc.» Resista
usted a estas indirectas, y opte usted entre la ingratitud y la mentira. Ambos
vicios tienen sus acerbos detractores, y unos u otros se han de ensangrentar en
el triste Fígaro. ¡Oh qué placer el de ser redactor!
¡Bueno! Traduciré noticias; al trabajo; corto mi pluma,
desenvuelvo el inmenso papel extranjero; ahí van tres columnas. ¿Tres columnas
he dicho? Al día siguiente las busco en la Revista , pero inútilmente.
-Calle usted -me responde-, ahí están; no han
servido: esta noticia es inoportuna; ésa arriesgada; la otra no conviene;
aquella de más allá es insignificante; estotra es buena, pero está mal
traducida.
-Considere usted que es preciso hacer ese
trabajo en horas -replico lleno de entusiasmo-; el hombre llega a cansarse...
Dejémonos de ese fárrago, yo no sirvo para él.
Vaya un artículo profundo; ojeo el Say y el Smith; de economía política será.
-Porque esto es matarme el periódico. ¿Quién
quiere usted que le lea, si no es jocoso, ni mordaz, ni superficial? Si tiene
además cinco columnas... Todos se me han quejado; nada de artículos
científicos, porque nadie los lee. Perderá usted su trabajo.
-Encárguese usted de revisar los artículos
comunicados, y sobre todo las composiciones poéticas de circunstancias...
Política y más política. ¿Qué otro recurso me
queda? Verdad es que de política no entiendo una palabra. Pero ¿en qué niñerías
me paro? ¡Si seré yo el primero que escriba política sin saberla! Manos a la
obra; junto palabras y digo: «conferencias, protocolos, derechos,
representación, monarquía, legitimidad, notas, usurpación, cámaras, cortes,
centralizar, naciones, felicidad, paz, ilusos, incautos, seducción,
tranquilidad, guerra, beligerantes, armisticio, contraproyecto, adhesión,
borrascas políticas, fuerzas, unidad, gobernantes, máximas, sistemas, desquiciadores,
revolución, orden, centros, izquierda, modificación, bill, reforma», etc.,
etc., etc. Ya hice mi artículo, pero ¡oh cielos! El editor me llama.
¡Oh, si esto fuese todo, y si sólo fuera uno
responsable, pobre Fígaro, de lo que escribe! Pero ¡ah!, tocamos a otro
inconveniente; supongo yo que ni apareció el autor necio, ni el actor ofendido,
ni disgustó el artículo sino que todo fue dicha en él. ¿Quién me responde de
que algún maldito yerro de imprenta no me hará decir disparate sobre disparate?
¿Quién me dice que no se pondrá «Camellos» donde yo puse «Comellas», «torner»,
donde escribí yo «Forner», «ritómico» donde «rítmico», y otros de la misma
familia? ¿Será preciso imprimir yo mismo mis artículos? ¡Oh qué placer el de
ser redactor! ¡Santo cielo! ¿Y yo deseaba ser periodista? Confieso como hombre
débil, lector mío, que nunca supe lo que quise; juzga tú por el largo cuento de
mis infortunios periodísticos, que mucho procuré abreviarte, si puedo y debo
con sobrada razón exclamar ahora que ya lo soy: ¡Oh qué placer el de ser
redactor!...
[Nota editorial: Otras eds.: Fígaro. Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres, ed. Alejandro Pérez Vidal, Barcelona, Crítica, 2000, pp. 66-70; Artículos, ed. Carlos Seco Serrano, Barcelona, Planeta, 1981, pp. 368-372. Obras completas de D. Mariano José de Larra (Fígaro), ed. Montaner y Simon, Barcelona, 1886, pp. 266-268.]
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